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| Primera fotografía de un haz fótonico |
Durante siglos, aún hoy lo hacemos, la naturaleza de la luz, que no parece que sea una cosa que tiene masa, se explicó en términos de rayos imaginarios que inciden en las superficies y pueden atravesarlas, o reflejarse o ser absorbidas. Hace poco más de 300 años, Isaac Newton, aunque no es tan conocido por sus estudios sobre óptica como por la Ley de Gravitación Universal, habló de que la luz estaba compuesta por “partículas de distintos colores”. Más o menos en la misma época, Christiaan Huygens defendió, bastante vehementemente y en contra de las afirmaciones de Newton, que la luz era una onda, algo que le servía para explicar de una manera bastante precisa fenómenos como la reflexión de la luz en un espejo. Este nuevo concepto triunfó en los siglos siguientes, más aún cuando James Clerk Maxwell predijo la existencia de las ondas electromagnéticas, que se identificaron con la luz.
Pero el desarrollo de la física cuántica a principios del siglo XX pareció devolverle la razón a Newton, con una interpretación de la luz más en consonancia con Demócrito. Albert Einstein defendió que la luz estaba compuesta de partículas indivisibles, sin masa ni volumen, paquetes o cuantos de luz como también se empezaron a llamar en esa época: los fotones. Esa descripción le sirvió para explicar la física detrás del llamado efecto fotoeléctrico, que no es más (¡ni menos!) que la descripción de la absorción de luz por parte de la materia y la emisión de electrones cuando se aplica radiación con una cierta energía. Este estudio le sirvió a Einstein ganar el premio Nobel de 1921, aunque tampoco es tan conocido por eso como por la teoría de la Relatividad. En fin, la historia de la comprensión de qué es la luz es como la pescadilla que se muerde la cola: hemos estado dando vueltas entre partículas y ondas durante milenios. La luz es la base de la astrofísica actual, no en vano todos los nombres mencionados en el párrafo anterior, y otros muy relacionados con los mismos trabajos como Max Planck o Arthur Compton, han servido de inspiración para bautizar a telescopios y misiones de exploración del universo. Y, en general, la naturaleza de la luz es de las preguntas más esenciales que nos hacemos los científicos. De hecho, esa la dualidad onda-partícula de la luz fue extendida a toda la materia, empezando por los electrones, por Louis de Broglie, lo que constituye una de las bases de la física cuántica, nos devuelve a algunas de las preguntas del principio, y nos deja más perplejos que antes: una partícula puede no tener masa y una onda puede tenerla.La dualidad onda-partícula de Broglie se suele explicar diciendo que las propiedades y el comportamiento de algo como la luz pueden describirse como si fuera una onda o una partícula. Esto lleva a pensar que el concepto de onda y otros conceptos físicos, y la ciencia física de manera más general, son una descripción matemática de la realidad. La física describe la realidad con sus herramientas matemáticas, podríamos afirmar. Una onda no sería algo real, solo un artificio matemático, un mero instrumento para conocer lo que existe en el universo. La alternativa es que el universo es física-matemática, algo que ya se discutía como poco hace 2500 años y en Grecia, que sepamos. Pitágoras, más conocido por su teorema sobre triángulos, y Platón posteriormente, pusieron la matemática como la base de la realidad, dándole un valor metafísico u ontológico: no hay descripciones matemáticas de la realidad, sino que la realidad está hecha de matemáticas. Si es así, volviendo a nuestro tema de hoy, que las ondas tengan masa no tendría que ser tan extraño, lo raro provendría de nuestra visión del universo y de las limitaciones del lenguaje, pero tendríamos que encontrar la realidad matemática que equivale a lo que llamamos masa. Algo que quizás ya hayamos hecho.
Vacío Cósmico es una sección en la que se presenta nuestro conocimiento sobre el universo de una forma cualitativa y cuantitativa. Se pretende explicar la importancia de entender el cosmos no solo desde el punto de vista científico sino también filosófico, social y económico. El nombre “vacío cósmico” hace referencia al hecho de que el universo es y está, en su mayor parte, vacío, con menos de 1 átomo por metro cúbico, a pesar de que en nuestro entorno, paradójicamente, hay quintillones de átomos por metro cúbico, lo que invita a una reflexión sobre nuestra existencia y la presencia de vida en el universo.




