La luminosidad subió rápido, pero cayó en cuestión de horas, cuando lo habitual es que se mantenga durante días o semanas. Esto sugiere que la estrella podría haber colapsado hacia un agujero negro sin liberar toda su energía en forma de luz. Según los primeros análisis, el evento coincide con algunos modelos teóricos que predicen lo que ocurre cuando una estrella masiva intenta explotar pero no lo consigue completamente. Parte del material es expulsado, pero la mayor parte cae de nuevo hacia el núcleo y alimenta la formación del agujero negro. Este proceso genera una señal débil, fugaz y difícil de registrar. Por eso se consideran eventos “fantasma”. Lo sorprendente es que el telescopio Rubin detectó la explosión casi en tiempo real. Sus sistemas de escaneo rápido, diseñados para registrar variaciones en el cielo cada pocas horas, permiten identificar fenómenos que antes pasaban desapercibidos. Esta capacidad es clave para estudiar supernovas raras y otros fenómenos transitorios. El equipo ahora trabaja en analizar los datos espectrales recogidos en las primeras horas del evento. Esto permitirá saber si la explosión liberó elementos pesados, qué tipo de estrella la originó y si realmente se formó un agujero negro.
Los resultados podrían ayudar a explicar por qué algunas supernovas nunca llegan a verse y cuántas estrellas masivas desaparecen sin dejar rastro visible. Si se confirma que se trata de una supernova fallida, estaríamos ante una de las observaciones más valiosas del año en astronomía. El telescopio Rubin, aun sin estar en funcionamiento completo, ya está demostrando su capacidad para cambiar lo que sabemos sobre el universo dinámico.

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